domingo, 27 de noviembre de 2011

LAS SANDALIAS. JORGE SEMPRUN

—¿Tiene usted algo para mí?...

     El tono era apenas interrogativo. Además, alargaba ya la mano, segura de lo que decía. El conserje no le quitaba el ojo, embobado, desde que había aparecido en el vestíbulo. Y eso que había visto a muchas. Pero era infrecuente tanta prestancia. Lo primero que le llamó la atención fueron sus andares juveniles. Su porte elegantemente desenvuelto. ¿Moda? Sí, pero atribuirlo a eso resultaba demasiado restrictivo. ¿Moderna? Palabra imprecisa, manida, insuficiente. En cualquier caso, deslumbrante belleza interior. Palmaria pero reservada: ofrecida y al mismo tiempo contenida.

     Una maravilla de equilibrio casi imposible.

     Cuando la mujer llegó ante el mostrador de recepción, por algunas arrugas en torno a la boca, por cierto cansancio en la mirada, por detalles ínfimos pero llamativos —más bien suplicantes—, el conserje comprendió que a buen seguro había alcanzado la cuarentena. Sin duda, incluso, ya la vertiente mala de ésta. Eso hacía que tan ligera y frágil belleza emocionara todavía más.

     La mano tendida, segura de sí misma.


     El conserje echó un vistazo al pasaporte, que ella acababa de depositar en la superficie de madera bruñida.


     —Desde luego, señora Babelson —exclamó.


     Probablemente lo había comprobado ya, anticipándose a su petición. Las mujeres como ella siempre tienen mensajes que las preceden o que les siguen la pista. Un fax, en efecto, llegado de París la noche anterior. Ahora lo recordaba. Le había echado una ojeada, al principio maquinal, antes de meterlo en un sobre. El texto, que acabó leyendo, le irritó de manera extraña. En efecto, qu'en avaitil à faire? Una pizca retorcido, en cualquier caso, el tipo que firmaba con una inicial. ¿De dónde sacaría todo aquello?


     La mujer se puso en movimiento, pidió que le llevaran el equipaje a la habitación, y se dirigió hacia el bar del hotel, desgarrando el sobre con presteza.


     El conserje la miró alejarse, maravillado. Aquella mujer iba a ser el lucero que iluminaría aquel día. Se serenó y regresó a su trabajo tras lanzarle una última mirada, cosa que lo sobresaltó. ¡Inaudito! ¡Llevaba zapatillas de tenis!


     La señora Babelson —su nombre de pila era France, inesperado; residencia fija en Nueva York; profesión, abogada, lawyer había escrito ella. Comoquiera que fuera, France Babelson, vestida con tan sutil —y a la vez costoso, por supuesto— refinamiento, calzaba zapatillas de tenis.


     Al conserje le chocó en lo más hondo. Casi lo entristeció.


     Entretanto, France, puesto que así se llamaba, releía el mensaje de Bernard.

     
     “Noche del jueves, Heidegger a Hannah Arendt, ya en la primera carta del libro, a su manera, tan loco como Kafka, ese filósofo físicamente raquítico, tristón (imaginárselo como amante, horribile visu!): Nunca podré arrogarme el derecho de quererla a usted para mí, pero jamás saldrá ya de mi vida...


     Me topo al mismo tiempo con una frase de Morand en la que alude a su deseo de penetrar en el cuerpo de las mujeres, pero no en sus vidas... El azar, una vez más, y el talento de dos seres bastante inmundos, marcan el terreno en que se desarrollan la comedia, la tragedia y la tragicomedia del erotismo.


     Good night, Miss F. Mañana eliges el orden: hablamos o cogemos. B”



     A France le encantó la complicidad: conversación sin orden ni concierto, ininterrumpida desde hacía tantísimos años, que se reanudaba ahora animadamente.


     Igual que al placer, se atrevió a pensar. Se dejó llevar por ese pensamiento fugaz, lo habitó un instante; se dejó habitar por él, dejó que ese calor colmara su cuerpo, lo hiciera languidecer. Pero para rechazarlo de inmediato: sobre todo no había que flaquear.


     Durante su último encuentro en París, comprobaron que habían hojeado los dos, cada cual para sí pero con ánimo de comentarlo con el otro, una correspondencia Heidegger-Arendt que acababa de aparecer.


     A Bernard le interesaba Heidegger, encajaba con su modo de ser. A ella, en cambio, le gustaban las correspondencias amorosas: Kafka-Milena, Althusser-Franca y ahora Heidegger-Hannah.


     —De acuerdo —decía Bernard—, el nivel intelectual de esos intercambios epistolares no es despreciable. Pero siempre son amores imposibles o fallidos, desdichados. Más o menos frustrados, pese a la engañosa pasión del discurso. Comparada con ellas, nuestra relación es un prodigio de éxito y de facilidad —concluyó.


     France Babelson se había sobresaltado al oír aquello.


     Dos decenios de mentiras, de jugar al escondite, en ocasiones de modo humillante, de extrañas horas arrancadas a la blanduzca nada de lo cotidiano, a las obligaciones de una vida oficialmente ordenada y transparente, en el caso de Bernard, de proyectos de viaje anulados en el último momento: ¿eso le parecía fácil y un éxito?


     —Me estás hablando del contexto —contestó él secamente—.Yo te hablo de la historia en sí, de nuestra relación, de su sustancia carnal. Bajo ese punto de vista, y cualquiera que sea la periodicidad de nuestros encuentros, aunque sean espaciados, cada uno es un prodigio.


     La miraba, sus dedos le rozaron el lóbulo de una oreja, el contorno de un pómulo. Toda ella tembló.


     —Un milagro de simplicidad y de refinamiento, cada vez —murmuró Bernard.


     Se hallaban en el bar de un hotel del Premier Arrondissement, con profusión de fastuosas caobas, pero anticuado. El bar daba a un jardín interior bastante sorprendente. Aquello ocurrió la última vez, cuando surgió la posibilidad de verse en Venecia.


     Acababan de recorrer juntos las salas del Jeu de Paume, donde se exponía la obra erótica de Picasso. Al llegar al museo, Bernard había evocado un recuerdo: otra exposición, en Barcelona, años atrás. También Picasso, y también la obra erótica. El título del catálogo, en catalán, era precisamente Picasso eròtic. Algunas de las obras expuestas antaño en la calle Montcada de Barcelona no figuraban en el Jeu de Paume, según pudo comprobar Bernard. En concreto una serie de collages, provenientes del infierno de la colección Sabartés, donde se veía a Paul Claudel —noble rostro de poeta bíblico, busto verdeante de académico— entregarse, merced a un hábil montaje, a prácticas sexuales fetichistas.


     —Con bastante mala uva —comentó Bernard, muy divertido.


     France no tenía las menores ganas de reírse. Frunció el ceño y adoptó una expresión huraña. No porque la ironía devastadora de Picasso con respecto a Claudel la incomodara en lo más mínimo; lo que le resultaba irritante era que Bernard evocara aquel recuerdo. Sí, porque ¿con quién había visitado la exposición de Picasso eròtic? ¿Con qué amiga, qué amante, qué efímera relación? La inquietud retrospectiva le dolió como si le clavaran la punta de un estilete en el pecho.


     —¡Pero qué cosas se te ocurren! ¡Con Clémence, mira tú qué sencillo!


     Clémence era su mujer legítima, pero eso no arreglaba nada: al revés. De haberse tratado de una amiga ocasional, incluso joven y seductora, sumisa y perversa a la vez —"¡Ya está, ya estoy otra vez imaginándome a esa rival virtual, identificándome con ella!"—, una relación efímera, France habría sabido llevar bien el asunto, defenderse, deshacerse de ella, convencer a Bernard de su futilidad.


     Pero Clémence era intocable: en eso residía el problema.


     Veinte años atrás, France Babelson había descubierto a aquel hombre en el fondo del gran salón, de pie a la entrada de la terraza. Ya había reparado en él en Blue Hill, la antevíspera, en la drugstore. Enarbolaba, exultante, un libro de bolsillo que acababa de encontrar. The Portable Plato, ese era el título. Sus miradas se cruzaron. Y la víspera, en Castine, se encontraron de nuevo en el recodo soleado de una calle tranquila. Tenía aspecto de vikingo: belleza angulosa, viril. Eso sí, no se daba humos.


     Pero, ese día, el desconocido caminaba hacia ella con un vaso en la mano, sonriendo.


     Se acercó y le habló en francés.


     ¿Cómo había adivinado que era su lengua materna, en aquel barullo, entre todos aquellos americanos?


     —Las mujeres y los vinos enseguida se sabe si son franceses —contestó él.


     France estuvo a punto de volverle la espalda de manera ostensible, grosera, de aborrecerlo para siempre. La detuvo no supo qué: un fulgor extraño en los ojos del desconocido.


     Decidió quedarse, concederle una última oportunidad.


     —Los vinos lo admito: se prueban... ¡Pero usted no sabe qué sabor tengo yo!


     Él movió la cabeza, encantado.


     —¡Eso es de Claudel, si no me equivoco! El zapato de raso... ¡Mucho ha leído usted para ser tan jovencita!


     Era realmente irritante.


     —¿Claudel? Va usted descaminado... ¡Para hablar de estas cosas prefiero a René Char!


     Entonces, como si fuera lo más lógico, él rozó levemente con el dedo el contorno de sus labios.


     —Belleza, mi guía fiel por tan sórdidos caminos/ en la época de las farolas y del coraje enterrado,/ ojalá me congele y seas mi mujer en diciembre./ Mi vida futura es tu rostro cuando duermes...


     France no conocía aquel poema de Char, pero reconoció la inimitable música del lenguaje. A partir de aquel instante, se quedó indefensa. Sus cuerpos se acercaron bruscamente, los cubitos tintineaban en el vaso de whisky que Bernard seguía sosteniendo en la mano. Presa de un impulso imprevisible —imprevisto para sí misma, colmándola de divertida sorpresa cuando se abandonó a él—, rozó las caderas de aquel desconocido cuyo calor parecía tan próximo. Luego su mano izquierda, animalillo juguetón, autónomo, se escurrió en la entrepierna masculina, se demoró allí hasta notar que despertaba un imperioso deseo.


     Lo demás fue fácil. Se esfumaron de aquella recepción.


     Estaban en Stonington, en Maine, en la punta sur de la Deer Isle. La gran casa blanca se alzaba a la entrada del pueblo. Desde la terraza que dominaba el océano se columbraba la miríada de rocas, arrecifes e islotes que componen el conjunto denominado Isle au Haut en los mapas de la región, recordando así el origen francés de los primeros exploradores de aquellas lejanas costas. A ciertas horas del día, durante el mes de agosto, podían verse también las ballenas, en alta mar, formando rebaños de acróbatas. Y aquello sucedía precisamente en el mes de agosto, veinte años atrás, en 1981.


     Así pues, habían visto las ballenas. Primero, cada uno por su lado, la víspera de aquel encuentro, y ese mismo día. Juntos, al día siguiente, después de la noche en blanco.


     —Un milagro de sencillez y refinamiento —acababa de decir Bernard, en el bar de un hotel parisiense, después de visitar el Jeu de Paume, antes de hacer el amor.


     Era cierto, increíblemente cierto, si se arrancaban esas extrañas horas a la ganga de los días, a los años que pasaban; si se lograba convertirlas en una sucesión armoniosa. Pero era falso, miserablemente falso, ya que aquellas horas quedarían fijas para siempre en la ganga de los días de separación, de los años de ausencia.


     Y así, en el Jeu de Paume, de pronto había surgido Clémence, su obsesiva ausencia, debido al recuerdo de Barcelona.


     En cambio, veinte años atrás, en Stonington, no se habló de Clémence. A lo largo de las horas, ambos habían flotado en el presente absoluto, en lo efímero, en el intemporal e insaciable desgarramiento del deseo. ¿Qué necesidad había de ponerle un nombre a aquella felicidad? Sí, bastaban sus propios nombres, aunque tampoco los necesitaran para reconocerse. Sólo eran una especie de punto de referencia, de llamado genérico. Bastaban las manos, los labios, las lenguas, la ternura de los alientos, la brutalidad de la posesión.


     Un mediodía, en la terraza de la casa donde Bernard la había secuestrado, al otro lado de la isla, en el estrecho de Eggemoggin —aceradas ráfagas de viento disipaban las brumas estivales—, se conocieron más a fondo. Sabían ya quiénes eran, el uno y el otro, en lo más recóndito de sus cuerpos, en la penumbra sin trabas del placer. También su alma, inevitablemente, se había abierto a la del otro, a ratos, en la deslumbrante enajenación del espasmo corporal, en la transparencia de la mirada que devoraba sus rostros.


     Había llegado el momento de saber quiénes eran para el mundo, en el mundo.


     France Babelson, veintitrés años, de prácticas en Nueva York, en uno de los más importantes bufetes jurídicos de la costa este. Había cursado brillantes estudios de derecho en París. Kamiker, su mentor, temido abogado especialista de empresas —Bernard conocía su reputación: verdugo incorruptible, summum de la eficacia, Robespierre de la abogacía—, la había animado a seguir la vía, que él preveía fructífera, del derecho internacional de cine y televisión; de los media en general. Tenía ante sí una brillante carrera.


     Por otro lado, Bernard Boris, treinta y cinco años, ex alumno de la École Normale Supérieure, periodista especializado en grandes reportajes e investigación, dedicado posteriormente a la aventura de la imagen: exclusivamente documentales, nunca ficción. Cuando le preguntaban por qué, tenía siempre una respuesta lista. Demasiado lista y demasiado preparada para ser honesta de verdad, por lo demás.


     —La única película de acción que me hubiera gustado hacer —decía— ya está hecha. Es La escollera. Insuperable.


     Los auténticos motivos de su rechazo eran más complejos, probablemente. Para empezar, no le gustaban los actores. O, mejor dicho, más exactamente no le gustaba la faceta de Pigmalión del director de cine. Le parecía un tanto indecente. Por añadidura, no creía estar dotado para ello.



    Comoquiera que fuese, La escollera era su película de culto y Chris Marker su maestro a la hora de imaginar lo real. Pero, desde hacía unos años, a Bernard le interesaba sobre todo la producción, con la que había obtenido considerables éxitos. En Stonington, había trabajado con unos americanos en un fabuloso proyecto que era preferible no difundir.


     Una vez hechas las presentaciones mundanas, reinó un silencio.


     En ningún momento, durante aquellos días de vela amorosa, entrecortada por breves sueños electrizados, se mencionó el futuro. Ningún proyecto, ningún horizonte, ninguna ilusión. Se había alcanzado un límite, por eso reinaba ahora el silencio. El teléfono había empezado a sonar antes por la mañana, cada uno había concertado citas: proseguía la vida.


     Fue entonces cuando Bernard habló de Clémence, con quien acababa de casarse hacía pocos meses. ¿Por qué? Nada lo obligaba. Clémence no suponía un problema entre ellos, ni mucho menos un obstáculo. Al menos en aquel momento. Más adelante, discutieron sobre ello durante largos años. Pero su interpretación de aquel anuncio intempestivo era contradictoria. Siempre lo fue.


     —Me hablaste de Clémence —aseguraba France de manera reiterativa, a veces pesada, porque era demasiado previsible, demasiado premeditada también— para señalarme mi insignificancia, para arrojarme a la nada. Con una frase restaurabas el orden establecido, la realidad burguesa: una mujer para toda la vida; otras, efímeras, yo una de ellas, para las citas amorosas.


     —Para ser una efímera, no lo has hecho mal —replicó él—. No, en serio: te hablé de Clémence en primer lugar para que supieras la verdad, y luego para que lucharas. Habría bastado una palabra tuya, en Stonington, estoy seguro, para que renunciara a una vida de pareja que apenas acababa de empezar, para que me reuniera contigo dondequiera que fuera. Y no sólo no luchaste, sino que me anunciaste que te ibas a vivir con tu Wassermann, que quizá te casarías con él.


     A veces, Bernard se mostraba implacable con ella.


     —Tu Wassermann —le decía—, pretendías compararlo con Rothko... Pues mira, mona, ¡nunca le ha llegado a la altura del zapato!


     France Babelson odiaba que la llamara "mona", que la saludara con un "hola" desenfadado, falsamente juvenil. Cuando lo hacía, ella reaccionaba con violencia. Pero el caso es que había vivido con Wassermann, que se había casado con él. Y que éste nunca le había llegado a Rothko a la altura del zapato.


     Seguía casada con su pintor americano cuando volvieron a verse, años más tarde. En París, casualmente, en una galería y librería de arte de la avenida Matignon. Él alzó los ojos de un libro que estaba hojeando; contemplaba una reproducción del Desnudo azul de espaldas, de Nicolas de Staël. France estaba allí, a un metro de distancia, al otro lado de la mesa donde se exponían los libros. Él alargó la mano hacia aquel rostro, como antaño. Pero ese antaño estaba olvidado, abolido. De nuevo les asaltó el deseo de lo inmediato, de la primera vez. Ella acababa de rodear la mesa para arrojarse en sus brazos. Bernard sorprendió miradas de envidia a su alrededor.


     El conserje había comprobado que ella iba por su tercer bellini y que no oía nada.


     —¡Señora Babelson! —insistió.


     France se volvió hacia él, en el bar del Mónaco.


     El hombre le alargaba un sobre colocado en una bandeja de plata.


     —Acaba de llegar otro fax —anunció con tono admirativo.


     France cogió el mensaje, angustiada. Tal vez a Bernard le había surgido un impedimento en el último minuto, o iba a retrasarse. Ella sólo disponía de dos días, no podría esperarlo más. Imposible aplazar la reunión con los de Telepiù, en Milán.


     De pronto, soltó una carcajada: ¡una angustia tan estúpida por un posible retraso, cuando tenía decidido que era la última vez que le hablaría a Bernard de su deseo de romper definitivamente! "¡Una inconsecuencia de lo más femenino, abogada Babelson!", se dijo, con la lucidez intermitente y chispeante del alcohol, que toleraba mal.


     Abrió el sobre torpemente. El mensaje de Bernard era lacónico, imperioso: "Hasta ahora. Llego a las 13.30. Estáte lista, Miss F." Por lo menos, había añadido una posdata con una cita de René Char. Era habitual, eso sí, casi un rito, pero el verso elegido era condenadamente explícito: ¡Cuán hermoso es el grito que me da tu silencio!


     Se ruborizó, pues le vino a la memoria el hotel de la calle Ponthieu, el día de su reencuentro: el grito que creció en ella, que no pudo contener. Volcó el vaso en la mesa con un gesto incontrolado. Estuvo a punto de pedir otro. Se contuvo. Releyó el mensaje.


     En el Jeu de Paume, quince días atrás, Bernard se detuvo largo rato ante uno de los picassos: un cuadro de formato pequeño, blanco y negro, un abrazo amoroso. Sólo se veía el rostro de la mujer, la nuca y los hombros del hombre que la poseía, que estrujaba, sin duda incansablemente, aquel cuerpo invisible. Al menos eso se deducía de aquel rostro de mujer joven, pletórico en el grito de placer, de aquella mirada extasiada.


     Bernard le había hablado, tomándola de la mano ante aquel abrazo amoroso de Picasso. Le había hablado del placer de ambos, de los sueños no realizados, de la imaginación necesaria —"el erotismo es como la bicicleta: ¡si uno no avanza, se cae!"—, de la aventura que supone una transgresión interminable. Había evocado deseos, nuevas posturas, alquimias por descubrir.


     Entretanto, una mujer joven y morena se había colocado al lado de ellos, para contemplar aquel rostro del placer; parecía absorta en él.


     De pronto, al oír a Bernard —al principio, probablemente, las palabras de éste, pronunciadas en voz baja pero nítida, habían sido un mero susurro cuyo sentido no habría alcanzado a entender, pero Bernard acababa de expresar a France su deseo de sodomizarla de frente: ella era flexible, se pondría un cojín debajo, que le alzara las caderas: quería ver su rostro en un momento así—, la joven se volvió hacia ellos, la mirada desorbitada, disponible.


     —Sólo tenías que decir una palabra —aseguraba France, más tarde—. ¡Habría venido con nosotros adonde fuera!


     —¿Y a ti te habría gustado? —preguntó él.


     France dudó. Probablemente analizaba todos los pros y contras de esa posibilidad.


     —No es que fuera imprescindible —concluyó—, pero te tocaba decidir a ti. De todas formas, la habríamos despachado pronto, ¿no?


     No obstante, en Berlín, la propia France había insistido en que se quedara más tiempo con ellos, en la penumbra de la suite del Kempinsky, la jovencísima vendedora de la tienda de ropa de la Kurfürstendamm, a quien habían convencido de que los acompañara: no se cansaba de ver cómo las tormentas del exceso iluminaban y ensombrecían el rostro de la chiquilla.


     La presencia del conserje, insistente, la sacó de sus ensueños.


     ¿Qué miraba aquel hombre? France siguió la dirección de su mirada y descubrió que llevaba puestas las zapatillas de tenis que se ponía para viajar y que Bernard detestaba. "13.30. Estáte lista": tenía el tiempo justo.


     Se puso de pie de un salto, le dijo al barman que cargara las consumiciones en su cuenta, le mostró el número de su habitación agitando la llave y se puso en marcha.


     En la puerta del bar, se volvió hacia el conserje, que se había inclinado ligeramente al pasar ella.


     —Gracias —dijo.


     —Para lo que usted mande, señora Babelson. —Un tanto ceremonioso, pero cómplice. —¿Tiene pensado la señora Babelson comer más adelante?


     El tono era ya francamente picarón. No, más bien libertino. Su mirada inteligente no dejaba traslucir la menor chocarrería. Bien plantado, además. Lo pondría en su sitio sin ofender su orgullo de macho italiano.


     —¡Es probable! Ya lo llamaré, si lo necesito...


     Luego agregó, esgrimiendo su mejor sonrisa:


     —¡Muy amable por pensar en todo!


     Veinte minutos. Antes que nada, una ducha. Luego, aún desnuda, se maquilló ligeramente. Falda, desde luego; medias negras con liguero: "mis instrumentos de trabajo", se dijo, con ese cinismo que le permitía mantenerse distante. De sí misma, llegado el caso. De la ceguera de la pasión, comoquiera que fuese. ¿Pasión era la palabra? Bernard había bromeado a veces al respecto. France le recordaba, según él, a un personaje de La conspiración de Nizan: Catherine Rosenthal. Pero Catherine carecía de imaginación, y su cuerpo, de memoria. Era una mujer que en el amor era como esa gente que se emociona con la música en el momento de oírla, pero que luego olvida la melodía... France estaba más o menos de acuerdo. Pero ¿no es lo más importante, le decía a Bernard, que me emocione cada vez tu música? Además, mi ausencia de memoria te impide dormirte en los laureles y transformar, sin darte cuenta, los rituales en rutinas.


     Medias negras, en cualquier caso; con liguero. Minúscula braguita de encaje. Eligió una falda ceñida en la cintura y en las caderas, más ancha por abajo. Una falda alegre, fácil de levantar. Por último, sandalias de elegante diseño, con tacones y tiras, que hacían resaltar la finura de los tobillos, la esbeltez de las piernas delgadas y delicadamente musculadas.


     Estaba lista.


     De repente, como a veces le sucedía en esos casos, la asaltó una terrible angustia. Un tedio nauseabundo invadió su alma en un instante. ¿Para qué estaba lista? Sin duda, los momentos que se avecinaban serían radiantes. Sin duda, ningún hombre la había hecho gritar de placer como Bernard. No porque los demás hombres le hubieran sido indiferentes sexualmente, ni porque la hubieran dejado insatisfecha. En absoluto. Había dado mucho, porque era generosa también en ese plano. También había recibido mucho.


     Eres placer, cada ola separada de las siguientes. Por fin todas cargan a una. Y es el mar que se crea, que se inventa. Eres placer, coral de espasmos. Había descubierto ese texto de Char, lo había reservado para sí misma, sin comentárselo nunca a Bernard.


     Cada ola separada de las siguientes: el oleaje, el placer habitual, agradable y profundo, reconfortante. Pero el placer, coral de espasmos, eran las horas con Bernard. Incomparables, eso sí, aunque desgarradoras, porque no creaban la sensación de compartir algo con alguien, un cariño duradero, una complicidad de lo cotidiano.


     ¿Recibía Clémence todo eso?


     Le daba rabia no saber más al respecto. Cierto que en una época, a finales de los ochenta, cuando Bernard y ella volvieron a encontrarse, no le planteaba ningún problema la existencia de Clémence. Ambos estaban casados, cada cual por su lado. Infieles ambos: perfecta igualdad en la traición del placer y en la comodidad del vínculo conyugal.


     Pero Wassermann, el pintor que ella había deseado que fuera tan grande como Rothko, y que nunca llegó a serlo, había dejado plantada a France: envejecido, en el declive de su arte, no necesitaba ya una compañera cariñosa, inteligente, capaz de brindarle su apoyo y de estimularlo, de exigir de él lo mejor. Sólo aspiraba ya a la presencia, más bien libidinosa y servicial, de alguna joven enfermera. Encontró una, y France Babelson hizo las maletas.


     Esa libertad recién obtenida había hecho tambalearse el equilibrio, ilegítimo pero exclusivo, de la pareja que formaba con Bernard. De pronto France le exigía la libertad que no había conquistado ella misma, que le había llegado por una ruptura que ella no provocó.


     Clémence trabajaba en Canal Plus desde los inicios de la cadena. Incluso ocupaba un cargo importante como directora de desarrollo estratégico. A veces, cuando pasaba unos días en París, France Babelson seguía a Clémence. Los días festivos, por supuesto, los fines de semana. Los días laborables, no había nada que descubrir: de la calle de Tournon al muelle André-Citroën y de regreso. Coche, trabajo, cama. Este último aspecto le hubiera interesado, desde luego, pero tampoco podía introducirse en casa de los Boris, a la hora nocturna adecuada para efectuar un estudio moroso.


     En una ocasión, France coincidió con Clémence en una reunión internacional a la que había acudido como asesora de un grupo que negociaba con Canal Plus. Durante la discusión, a ratos dura, Clémence se mostró en todo momento precisa, tranquila y segura de sí misma, sin arrogancia. Toda ella desprendía un aura de desenvoltura y rectitud. Así era. Mala suerte.


     Rectitud. France no supo nunca que, un año antes de conocerla en Deer Isle, Bernard había conquistado definitivamente la imaginación e incluso la ilusión por el futuro que tenía Clémence susurrándole al oído, una noche, al salir de un club nocturno, las palabras de René Char: Belleza, mi guía fiel/ Mi vida futura es tu rostro cuando duermes... Pero ese sueño compartido se lo llevaba Clémence. Bernard y ella casi nunca dormían juntos.


     13:25. Estaba lista.


     Puesto que la habían dejado elegir, decidió comenzar aquel encuentro con una conversación. Talk or sex. Pues muy bien: talk! Le anunciaría el final de su relación. Él, a buen seguro, esgrimiría toda suerte de argumentos, como de costumbre. Hábilmente, como siempre. Por lo general, harta de lidiar, con la desesperanza del deseo resurgido, estéril pero acuciante, se entregaba a él. O, al menos, le permitía que iniciara los primeros gestos para reconquistarla. Sabía que a Bernard le gustaban las mujeres; no ignoraba que, en su memoria y sus fantasmas, había un momento privilegiado, auténticamente inefable, siempre nuevo: aquel en que la mujer se abre por entero a la caricia, a la posesión... Le daría ese placer, por última vez. Consultó el reloj, decidió de repente ir a esperar a Bernard al portón del hotel, donde el taxi podía aparecer en cualquier momento.


     El conserje estaba abismado en la lectura de un periódico, La Repubblica.


     —¿Qué lee usted con tanta atención? —preguntó France.


     El hombre cerró vivamente el diario desplegado ante él.


     —¡Es un día histórico, señora Babelson! ¡Los rusos destruyen la MIR, su estación espacial!


     —¡Pero si no es más que un montón de chatarra!


     El conserje movió la cabeza y adoptó un tono extrañamente serio.


     —Toda Rusia es un montón de chatarra, de ruinas. ¡Aun así, es un símbolo, señora Babelson! Actualmente una reliquia, por supuesto... Pero la MIR ha aguantado en el espacio mucho más tiempo que cualquier otra... Observe usted con qué precisión la destruyen... Está todo calculado al segundo, cada nueva fase de la operación... Un milagro tecnológico, un prodigio de la ciencia, para que al final el viejo sueño se convierta en un montón de chatarra, como usted dice...


     El hombre estaba lanzado y France tuvo que cortarlo.


     —Voy al embarcadero, Giovanni... Si la persona a quien espero llega por el otro lado, avíseme...


     Giovanni asintió maquinalmente, volviendo a la carga mientras ella se alejaba.


     —¿Sabe usted lo que quiere decir MIR, señora Babelson?


     France se volvió, dándole a entender con un gesto que no lo sabía, pero que tampoco le importaba.


     Nada hubiera podido detener al conserje.


     — MIR, señora Babelson, significa a la vez "la comunidad campesina de la antigua Rusia"... Y "universo"... Y también "paz"... Una sola palabra para cosas tan fundamentales. ¿No es genial?


     Tendré que presentárselo a Bernard, pensó France, excitada. Puede sernos muy útil este guapo y apasionado italiano... En la cama, para follar... En la mesa, para conversar... Sex or talk? Both, milord!


     ¿Era un día de acqua alta? Lo ignoraba. En cualquier caso, un súbito banco de niebla invadía el Gran Canal. En medio de la humedad fuliginosa, llegaba un taxi. Creyó reconocer a Bernard en la parte trasera del coche.



     Corrió al embarcadero.


     El tacón de su bonita sandalia quedó atrapado en un agujero de la superficie de madera. Tropezó, cayó hacia delante, no logró asirse a ningún sitio, cayó al canal, se hundió, emergió una vez, la boca abierta para gritar, lo que le llenó los pulmones de agua helada, y desapareció a la deriva.


     El taxi se acercó. La persona que iba sentada detrás era efectivamente Bernard.


     Estaba en el bar del hotel. Anochecía.


     Giovanni le llevó otro vaso. No se atrevía a contarlos. Con todo, para limitar los estragos, el conserje reducía cada vez la cantidad de alcohol y aumentaba el número de cubitos. Bernard se daba cuenta, pero no decía nada. No quería emborracharse, quería morirse.


     Sonó un timbre musical; tardó en comprender que era su móvil. Oyó la voz de Clémence: pausada, nítida, incontenible.


     —No te pregunto dónde estás, Bernard. Puedes decirme lo primero que se te ocurra, y ya no me interesa. En cualquier caso, donde sea que estés, estás con France Babelson. Mira por dónde la conozco. Una vez coincidí con ella en una reunión de Canal Plus con la gente de Murdoch; fue allí de asesora. O sea que llevas veinte años follándotela, casi tanto tiempo como a mí, bien pensado. Te diré que merece el polvo, valga la expresión. No es una mala puta por eso en concreto, pero, en cualquier caso, el fax es el desliz más logrado que me he echado a la cara, porque imagino que tendríais algún apaño para comunicaros en secreto la menor cosa; siempre has sido un hombre organizado, y de pronto, zas, pasados veinte años, te manda un fax revelador (sólo faltan los Polaroids de vuestros revolcones) al número de casa. ¿Qué buscaba? ¿Que yo me enterase? ¿Ponerte entre la espada y la pared? ¿Obligarte a elegir? ¿Enseñar las cartas para salirse ella de esa situación? Desde luego, ha sido todo un éxito; no vuelvas nunca por casa, te mandaré a mis abogados. Pero, Bernard, ¿sabes lo más grave? No que te la folles, probablemente te la chupa mejor que yo, nobody is perfect, lo siento. Ni siquiera esa mentira que ha durado veinte años: los hombres son cobardes, sois cobardes, es cosa sabida. Y quizá en cierto modo seguías necesitándome; vamos viejo amigo, nos conocemos desde hace tiempo. No, verás: lo más grave es lo de Char, que le hicieras también a ella el numerito de René Char: Cuán hermoso es el grito que me da tu silencio. Porque menciona todo eso, la muy gilipollas, en esta mierda de fax... Estaba cayendo una tormenta, entro en tu despacho para comprobar que estén bien cerradas las ventanas, el aparato parpadeaba: RECIBIDO EN MEMORIA.... He apretado la tecla y ha salido el fax... Pregúntale qué anda buscando, si la tienes a mano...


     La voz de Clémence se quebró de repente en una especie de sollozo. Se cortó la comunicación. -— Traducción de Javier Albiñana

Instrucciones para dar cuerda al reloj- Julio Cortázar

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj


Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Instrucciones para dar cuerda al reloj


Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

martes, 22 de noviembre de 2011

ENTREVISTA A CARLOS MONSIVAIS

Maestro, ¿por qué cayó en desuso la declaración amorosa?
Porque no tiene mucho sentido una letra de bolero sin música, y porque el cambio de lenguaje obliga a la franqueza que sólo se declara cuando se quiere hacer gala de anacronismo.

¿Los altos funcionarios también se enamoran?
Supongo que sí, pero si se declaran lo hacen con tres copias por lo menos: a la Contraloría, al Departamento de Personal y a su esposa, para aminorar la demanda costosa de divorcio.

¿Por qué en la actualidad es más fácil relacionarse por internet que personalmente?
Porque el tráfico es tan extenuante que si uno cruza la ciudad para hablar con el ser amado, cuando lo encuentra al cabo de dos horas de tensión y fastidio, ya sólo se le ocurre maldecirlo. Nada mata tanto el amor como el tráfico, y en cambio el internet es una navegación plácida.

¿Cree que el matrimonio acabe con el amor?
No, si los contrayentes posponen el enamoramiento hasta las bodas de plata.

¿Cuáles son los errores más frecuentes de los conquistadores amateurs?
Creerse irresistibles es el primero, y ser irresistibles el segundo. Si se creen irresistibles fracasarán; si son irresistibles no necesitan conquistar, basta con esperar la nube de ofrecimientos.

¿Son los regalos un chantaje encubierto?
Los regalos no son un chantaje sino un soborno. Pero eso sólo desde una perspectiva materialista que ignora la abundancia del corazón; en rigor, los regalos no son ni chantaje ni soborno sino el afán de incorporar el consumo a la estrategia de la rendición amorosa.

¿La infidelidad se aprende o se hereda?
No creo que haya tal cosa como “infidelidad”; lo que existe es la falta de notificación de los extravíos pasajeros. Y ese olvido se hereda a través del aprendizaje.

¿Habrá dejado Mauricio Garcés un legado semejante al de Casanova?
No, porque Casanova carecía de distancia irónica respecto a sí mismo, y nunca soñó con el close-up.

Recuerdo una frase suya: “Permíteme presentarme, soy el sueño que aún no has tenido por falta de imaginación”.
Recuerdo otra: “¿Tú aquí? Yo te hacía en mis brazos”.

De entre cartas, piropos y tarjetas, ¿cuáles son las sentencias más afortunadas que recuerda, en cuánto a humor?
Son muchísimas, la que más me gusta es —con entonación sarcástica—: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”.

¿Es cierto que “verbo mata carita y que cartera mata a todos”?
Cartera no mata al amor puro y sencillo. No lo mata pero sí lo deja en calidad de reliquia en el desván.

Normalmente, cuando alguien se da cuenta de que le gusta a otra persona, comienza a abusar de ella y agarrarla de bajada, ¿cómo se libra uno de tal situación?
Evitando mostrar los sentimientos, y de preferencia renunciando a ver otra vez a una persona tan abusiva.

Ponerse de alfombra ante la persona amada, ¿es un defecto o un placer sublime?
Es un defecto de la otra persona, que si tuviera dignidad no aceptaría una actitud sublime de quien la ama.

¿Qué es lo mejor para sobrellevar una decepción amorosa?
Oír toda la noche canciones rancheras, y a la mañana siguiente abjurar de la cultura popular.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Carta de Marcos a Joaquín Sabina

18 de octubre de 1996.
De: Subcomandante Insurgente Marcos. CCRI-CG del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.  Montañas del Sureste Mexicano, Chiapas. México.
Don Sabina:  Yo sé que le parecerá extraño que le escriba, pero resulta que me duele la muela y, según acabo de leer, usted camina ahora por estas tierras que, mientras no acaben por venderlas también, siguen siendo mexicanas. Entonces pensé yo que, aprovechando que me duele la muela y que usted camina ahora bajo estos cielos, pudiera yo escribirle y saludarlo e invitarlo a echarse un "palomazo" con el Sup (a larga distancia, se entiende). ¿Qué dice usted? ¿Cómo? ¿Que qué tiene que ver el dolor de muelas con el "palomazo"? Bueno, tiene usted razón, debo explicarle entonces la muy extraña relación entre el dolor de muelas, el que usted camine por estas tierras, la larga distancia y una muchacha. No, no se sorprenda usted de que ahora haya aparecido una muchacha. Siempre aparece una, vos lo sabés Sabina. Bien, resulta que cuando yo pasaba por esa etapa difícil en que uno descubre que ya no es más un niño y tampoco alcanza a ser un hombre (esa etapa, vos lo sabés Sabina, en que las féminas se transmutan de molestas a interesantes y hay que ver la de problemas que esto provoca), conocí a un viejo que, sin que se lo pidiera, decidió que tenía que darme un consejo sobre esos seres incomprensibles pero tan amables que eran, y son, las mujeres. "Mira muchacho "me dijo", la vida de un hombre no es más que la búsqueda de una mujer. Fijate que digo `una mujer y no `cualquier mujer. Y por `una mujer, muchacho, me estoy refiriendo a una de `única. El problema está en que el hombre siempre queda con la duda de si la mujer que encontró, si es que encuentra alguna, es esa `una mujer que estaba buscando. Yo ya estoy viejo y he descubierto una fórmula infalible para saber si la mujer que uno encontró es la `una mujer que estaba uno buscando..." (...) El viejo carraspeó y me confió: "Si tu le dices a una mujer que te duele una muela y ella, en lugar de mandarte al dentista o darte un analgésico, te abraza y deja que recuestes la mejilla en sus pechos, entonces, muchacho, esa mujer es la `una mujer que andabas buscando...". Yo me quedé perplejo, pero como quiera tomé nota de la fórmula. A mí nunca se me había ocurrido que debía pasarme la vida buscando una mujer (...). A mí se me ocurrían cosas más concretas y factibles, como ser bombero, conquistar el mundo o construir un avión que se controlara solo con el pensamiento. Respecto a las mujeres, yo me tenía en muy alta estima y estaba más propenso a que esa "una mujer" me encontrara a mí, que a buscarla yo. (...) A mí ni se me ocurrió que la fórmula estuviera mal. Así que achaqué mis primeros fracasos a la falta de autenticidad en mi dolor de muelas. Con clips y palillos, después de una paciente labor de meses, logré picarme dos muelas con tanto éxito que tuve que acompañar la estrategia con una fuerte dosis de antibióticos. Repetí la fórmula, ahora con la confianza de saberme auténtico, y los resultados siguieron siendo magros. Así hubiera seguido adelante, acabando con mis muelas, si no es porque, ya adolescente, encontré a otro viejo que, cruel, me dijo: "Tu problema está en la cara. Más bien en tu nariz. A los feos, las muchachas no les hacen caso, a menos que sean cantantes". "¿Cantantes?" Bueno, esta nueva fórmula les daría reposo a mis muelas (que por lo demás ya estaban definitivamente destrozadas)... Claro que el problema entonces era saber qué se necesitaba para ser cantante (...). Después, escuchando canciones, me di cuenta de que el problema era mayor, ya que una cosa era ser "cantante" y otra más difícil era ser "cantautor" o "canta-autor" (vos lo sabés Sabina). Entonces hice trampa, es decir, escribí algunos poemas (o como se llamara lo que escribía) y dejaba siempre pendiente la música. (...)Resulta que (vos lo sabés, Sabina) hay ahora una muchacha que está demasiado lejos y entonces pensé que usted, Don Sabina, podría echarme una mano y una tonadita (mire que no es lo mismo pero pudiera ser igual). Y usted podría echarme una mano si me permitiera tutearlo y, cómplice como ha sido antes sin saberlo, fingiera usted que nos conocemos desde hace mucho tiempo y que, por tanto, es perfectamente natural que usted reciba una carta del Sup redactada en los siguientes términos: "Sabina (sí, ya sé que te desconcierta este inicial e irreverente tuteo, pero tú compórtate como si tal cosa): He trabajado arduamente en los últimos días en la letra que me encargaste para tu nueva canción (~­Vamos, quita ya esa cara de espanto! Ya sé que no me has encargado ninguna letra para ninguna canción, pero sígueme la corriente para despistar al enemigo) pero ha sido inútil. No me sale nada original. Así las cosas, busqué en el cofre del pirata y solo encontré un viejo y mohoso poema, que no es tan viejo y tal vez ni a poema llegue, que te puede servir si le das un poco de aliño. Es ideal para ponerle música y escalar con velocidad el "hit parade" internacional (no me preguntes si para arriba o para abajo), pero tú ya sabes que a nosotros los artistas (sigue fingiendo demencia, no denotes la menor sorpresa) no nos importa la fama (bueno, no mucho). En este caso particular, a mí solo me interesa una muchacha que está demasiado lejos para que pueda yo musitarle al oído este poema y arrancarle así, vos lo sabés Sabina, una sonrisa o una lágrima (...). El poema dice, más o menos, así: "Como si llegaran a buen puerto/ mis ansias,/ como si hubiera donde/ hacerse fuerte,/ como si hubiera por fin/ destino para mis pasos,/ como si encontrara/ mi verdad primera,/ como traerse al hoy/ cada mañana,/ como un suspiro/ profundo y quedo,/ como un dolor de muelas/ aliviado,/ como lo imposible/ por fin hecho,/ como si alguien/ de veras me quisiera,/ como si, al fin,/ un buen poema me saliera./ Llegar a ti." La tonadita puede ir más o menos así: tara-tarara-tararira-etcétera, vos lo sabés Sabina. El título de la canción podría ser "Canción para una muchacha que está demasiado lejos", o "Un dolor de muelas para ella", o "Un dolor de muelas, Sabina, la larga distancia, una muchacha y el Sup". En fin, ya se te ocurrirá algo. El crédito puede ser "Letra: el Sup. Música: Joaquín Sabina", o "Letra y música: Joaquín Sabina (a petición del Sup)" o como quieras. Vale. Salud y ojalá ella entienda. El Sup." Esa podría ser la carta que usted recibiera y aceptara, Don Sabina. Y todo esto viene a cuento porque estaba yo solo, con mi dolor de muela y leyendo que usted camina por estas tierras. Entonces pensaba yo que usted, tal vez, estaría de buen humor y magnánimo y que podría contarle yo la historia de los dolores de muelas, mi frustrada carrera como cantautor y una muchacha que está demasiado lejos (...). Vale. Salud y ya sabe usted, si le sobran por ahí un analgésico o una tonadita, no dude en mandármelos. Ambas cosas se agradecen en este asfixiado pecho que le escribe... Desde las montañas del sureste mexicano. México, octubre de 1996  Subcomandante Insurgente Marcos.

viernes, 18 de noviembre de 2011

MANUEL ATIENZA Y EL PROCESO DE PRODUCCIÓN DE LEYES


Para el autor, el proceso de producción de leyes tiene lugar en una serie de interacciones, llámense edictores, destinatarios, sistema jurídico, fines y valores; asimismo propone cinco niveles de racionalidad, que son lingüística (R1), jurídico-formal (R2), pragmática (R3), teleológica (R4) y ética (R5).

Dichos niveles de racionalidad tienen por objeto, que el emisor sea capaz de transmitir con claridad el mensaje, que la ley se incorpore armoniosamente en el sistema jurídico, que la conducta de los destinatarios se adecue a lo descrito por la ley, que la ley alcance los fines sociales perseguidos, y que las conductas prescritas presuponen valores con justificación ética.
Dicho lo anterior, conviene tener presente, que por teorías de la legislación, se entiende aquellos análisis de tipo explicativo y carácter básico que explican el proceso de la legislación y los conocimientos básicos de diversas técnicas legislativas; mientras que las técnicas legislativas tienen un carácter mucho mas sectorial, no pueden explicar un fenómeno, sino indicar como conseguir ciertos objetivos a partir de determinados conocimientos.

Es así, que el autor propone que una verdadera técnica legislativa, debe tener faces prelegislativas (se realiza el planteamiento de un problema social), legislativa (recepción del problema en un órgano legislativo)y  poslegislativa (entrada en vigor de la ley, junto con su examen en cada uno de los niveles de racionalidad).

sábado, 12 de noviembre de 2011

EDUARDO GARCÍA MAYNEZ, EL POSITIVISMO EN MÉXICO

EDUARDO GARCÍA MAYNEZ[1], EL POSITIVISMO EN MÉXICO

México es cuna de ilustres y distinguidos juristas, Eduardo García Máynez ocupa un lugar especial en el derecho moderno mexicano, sus obras (por mencionar algunas) La Definición del Derecho, Introducción a la Lógica Jurídica, Introducción al Estudio del Derecho, Diálogos Jurídicos y Filosofía del Derecho, marcan pauta en el análisis y aportación a la cultura universal jurídica de este ilustre autor.

Asimismo, son joyas de la agudeza, claridad de pensamiento y proposición del autor, características de toda producción analítica propositiva como es el caso, en la manera magistral de caracterizar las tres grandes corrientes de pensamiento contemporáneo sobre el concepto del derecho, evidencian la noción universal de lo jurídico, pasando de lo dogmático a la sociología jurídica y filosofía del derecho de una manera precisa y armoniosa.

Su aportación de la teoría de los tres círculos, refleja su pertenencia a escuelas filosóficas que tienen como fundamento la operación fundante y armónica de las constantes universales, de ahí que magistralmente como si fuera un arlequín excepcional, su batuta engarza el elemento común de los tres aros que circulan dinámicamente en la composición, esencia y dinámica del derecho.

Con base a estos tres círculos, concibe al derecho como la intersección entre el derecho vigente (sistema de reglas bilaterales de conducta que en determinado momento y lugar la autoridad política considera jurídicamente obligatorias), el derecho intrínsecamente valido (regulación bilateral justa de la vida) y el derecho eficaz (conjunto de reglas bilaterales que efectivamente rigen a una comunidad en tal o cual momento de su historia). Situación que en forma cristalina se observa en los multiples criterios emitidos por nuestros máximos tribuales, respecto de los cuales, por razones de espacio, me limito a transcribir solo uno de ellos:

DAÑO MORAL EN EL DERECHO POSITIVO MEXICANO. PRUEBA DEL. [2]

Desde el punto de vista subjetivo, la prueba de la existencia del daño moral sería imposible, en virtud de que atendiendo a la posición irreconciliable de posturas habida entre actor y demandado, éstos nunca coincidirían en cuando a si un bien moral está o no verdaderamente conculcado, pues habrían tantos criterios subjetivos sobre la actualización y certeza del daño y de su gravedad, como individuos se expresaran al respecto. En cambio, desde el punto de vista objetivo, el accionante no tiene por qué demostrar ante el juzgador la intensidad o la magnitud del daño internamente causado, sino que el daño moral será justificado desde el momento en que se acredite la ilicitud de la conducta y la realidad del ataque, lo que igualmente demostrará la vinculación jurídica entre agresor y agraviado. La legislación mexicana adopta la comprobación objetiva del daño moral y no la subjetiva, como se advierte en la parte conducente de la exposición de motivos del decreto de reformas publicado en el Diario Oficial de la Federación el treinta y uno de diciembre de mil novecientos ochenta y dos, en relación con el artículo 1916 del Código Civil para el Distrito Federal.
Al ocuparse del positivismo jurídico y para realizar su caracterización general se apoya en el pensamiento de Norberto Bobbio, desglosando los tres elementos fundamentales del positivismo, es decir, la manera especial de abocarse al estudio del derecho; la concepción específica del mismo y la ideología propia de la justicia.

Para arribar a estos postulados se fundamenta en el hecho de la verificación objetiva no valorativa o estimativa, obteniéndose que el derecho proviene de órganos y procedimientos preestablecidos, de los que emanan normas que sean efectivamente observadas por un determinado grupo social, y esto establece la diferencia entre derecho real o existente y derecho ideal.
El segundo aspecto es la concepción que liga al derecho a la formación de un poder soberano, capaz de establecer y aplicar sanciones: El Estado, de esta manera se explica el fenómeno del monopolio por la comunidad política del poder de la producción jurídica, y de tal suerte se evoca a Ehrlich en su libro Die Juristiche Logik, en el que se estima que toda decisión judicial presupone la existencia de los preceptos que aplica, que tales preceptos son formulados por el Estado, y que el conjunto de los que el poder político crea y hace cumplir constituye una unidad.

Lo anterior es lo que conforma el principio de la estatalidad del derecho, de los que se acentúan las características de la teoría de la coactividad; el acierto de que los preceptos del derecho tienen el carácter de mandatos: la conexión de la doctrina con las fuentes formales y la tesis de la supremacía de la legislación; el atributo de la integralidad y la coherencia que excluye las antinomias y en cuanto al método de la ciencia jurídica y la doctrina interpretativa, la concepción de la actividad del jurista y del juez como tarea esencialmente lógica y la consideración del derecho como simple hermenéutica.

El tercer aspecto consiste en atribuir al derecho que es, por el solo hecho de existir, un valor positivo, independiente de cualquier consideración en torno de su eventual correspondencia a un orden justo o ideal, lo anterior surge de la argumentación de que el derecho por el simple hecho de su positividad, de emanar de una voluntad soberana, es justo, lo que implica sostener que el criterio acerca de la justicia o injusticia coincide con el relativo a su validez o invalidez; y de que el derecho como conjunto de normas creadas por el mero hecho de existir, realiza un serie de fines socialmente valiosos como el orden, la paz, la seguridad y la justicia legal.
Es evidente que esta tesis se confronta con la del iusnaturalismo y el argumento que se esgrime en contra de esta corriente, consiste en exigir de una doctrina que se propone estudiar el orden jurídico como hecho, ofrezca criterios éticos para la justificación del mismo.
Se vincula el fenómeno del formalismo al positivismo jurídico y esto se ve matizado y reforzado por cuatro ideas que racionalizan la anterior característica a saber: a) El de concepción formal de la justicia en el que categóricamente se establece que: “es justo lo que está conforme a la ley e injusto lo que se aparta de ella”; b) el derecho como forma y teoría formal del mismo, esta expresión formalismo jurídico se refiere a una determinada teoría del derecho, no a una teoría de lo justo; c) la ciencia del derecho como ciencia formal, significación que atribuye a la ciencia jurídica el concepto de disciplina formal, refiriéndose no a la explicación de la cosas, sino de la construcción y en última instancia de un sistema: d) la interpretación formal del derecho, esta especie de formalismo puede examinarse tanto desde el punto de vista del método hermenéutico, cuanto desde el de la tarea atribuida al intérprete, y utiliza por método aquel que antepone la interpretación lógico-sistemática a la histórica-teleológica, y en cuanto a la función del hermeneuta, formalista es la doctrina que atribuye al juez un poder meramente declarativo del sentido de los textos.
El autor analiza la tesis de Uberto Scarpelli, en busca de una definición unitaria del positivismo jurídico, y a su vez el autor comentado sintetiza la opinión de los autores contemporáneos  H. L. A. Hart, Mario Cattaneo y Norberto Bobbio encontrando que puede lograrse una interpretación científica y otra política del positivismo jurídico.  De esta suerte Scarpelli apunta la definición básica del positivismo jurídico caracterizándola, como: un conjunto de normas puestas (e impuestas) por seres humanos, en que se señala como tarea a la ciencia del mismo estudio, y a la práctica aplicar e imponer el derecho así concebido.
Asimismo aborda el llamado realismo sociológico, y realiza su análisis siguiendo el pensamiento del profesor Alf Ross de la universidad de Copenhague, para quien la teoría general del derecho debe plantear y resolver tres grandes problemas: el del concepto y naturaleza del derecho, el del fin o idea de este y el de la interferencia entre derecho y sociedad.

Ross aborda el problema de los enunciados lingüísticos y el significado para elaborar la conceptualización racional de una teoría, encontrando que los significados los divide en dos grupos: expresivos o sintomáticos y representativos o semánticos.  De esta manera establece que los enunciados lingüísticos son de tres clases:

a)     Aserciones, es decir enunciados de significado representativo. 

b)     Exclamaciones, sin significado representativo ni propósito de influir sobre la conducta ajena. 

c)     Directivas, o enunciados no representativos que obedecen al propósito de ejercer influjo sobre el comportamiento de otros sujetos. 

De esta suerte categoriza a las normas jurídicas como directivas, ya que su finalidad es provocar determinado proceder, y advierte que el contenido representativo de proposiciones para ser correctamente entendido debe explicar el concepto “de derecho vigente”, y de esta suerte explica que un sistema de normas tiene vigencia si puede fungir como esquema de interpretación de un conjunto correspondiente de acciones sociales, lo que permite al propio tiempo, comprender al conjunto como un todo coherente, en lo que a su significado atañe; esta capacidad del sistema de fungir como esquema interpretativo, lo basa en un hecho: el de que sus normas sean efectivamente observadas, en la medida en que los destinatarios se sienten vinculados por ellas.

Un punto de vista toral en las teorías realistas es aquel en el que se interpreta la vigencia del derecho atendiendo la efectividad de las normas jurídicas, de esta suerte una norma vigente se distingue de un proyecto de ley o iniciativa de reforma, en que su contenido actúa en la vida jurídica de la comunidad, pero debe establecerse cuando puede decirse que el contenido resulta actuante, y a esta interrogante Ross responde estableciendo lo que denomina versión psicológica y versión conductista del realismo jurídico.
Desde luego la primera cree o pretende descubrir la realidad del derecho en fenómenos psíquicos, ya que el criterio de efectividad no está referido a la aplicación que haga el juez, sino al factor determinante que encontramos detrás de esta.
La objeción fundamental a la doctrina de Ross es que “Conciencia jurídica” es un concepto que pertenece a la psicología individual, pero al ligar tal concepto a la conciencia del individuo, el realismo psicológico convierte al derecho en un fenómeno individual y por ende, lo encuadra dentro del orden moral y menciona conceptos como los de aborto, traición o libertad de comercio para advertir hasta que punto pueden variar los contenido de la conciencia jurídica.

El realismo conductista resulta de establecer si el precepto es aceptado por la conciencia jurídica de pueblo, ya que esta última tiene como contenido indirecto y formalizado la creencia de que la ley constitucionalmente establecida debe acatarse, de esta suerte la explicación correcta de la vigencia del derecho solo se puede llegar, según el sentir del propio Ross a través de una síntesis de los puntos de vista psicológico y conductista.

La determinación ontológica del derecho ocupa la filosofía jurídica, decursando milenariamente en diversidad de opiniones y teorías, y de esa enorme pluralidad se adelantan dos concepciones que luchan entre si y que a su vez se destruyen reconociéndolas como el punto de vista del derecho natural y el positivismo jurídico.

Caracteriza las posiciones iusnaturalistas el aserto de que el derecho vale y consecuentemente obliga, no porque lo haya creado un legislador humano o tenga su origen en cualquiera de las fuente formales, sino por la bondad o justicia intrínsecas de su contenido.  Llevado a sus últimas consecuencias la tesis establece de que la regla de conducta para los órganos estatales es formalmente valida (por emanar de alguna de las fuentes reconocidas como legítimas), puede carecer de validez intrínseca y por tanto de carácter jurídico, si lo que ordena a sus destinatarios se opone a la justicia o a las exigencias primordiales que dimanan de otros valores jurídicos: seguridad, bien común, aquí se establecen dos diferentes criterios de validez que en caso de conflicto se excluyen mutuamente, uno porque ha sido creado de acuerdo con ciertos requisitos de orden formal, y el otro por la circunstancias de que el contenido de sus preceptos no concuerde con determinados anhelos de justicia, lo que jamás podrá invocarse para negar su fuerza obligatoria.

De esta suerte entiende el concepto naturaleza como fundamento del derecho, como aquello que existe por si, independientemente de nuestra obra y de nuestro querer.  El concepto historisista de la antigüedad y la edad media atribuyen al creador del universo las leyes que manifiestan su inteligencia o su arbitrio como puede apreciarse en los pensadores cristianos San Agustín y Santo Tomas, para quienes los conceptos centrales son los de lex aeterna y lex naturalis. 
Los filósofos griegos establecieron el derecho natural como modelo o paradigma de los ordenamientos positivos, considerando que lo bueno y lo malo, justo o injusto son más bien verdades de razón, esencias eternas que como relaciones entre los números están supraordinadas a la voluntad divina por lo que Dios se encuentra también ligado a ellas.

Realiza una disertación respecto de la doctrina de Arthur Kaufmann sobre la estructura ontológica del derecho en la que dicho autor sostiene que tanto un iusnaturalismo radical como un iuspositivismo unilateral y absoluto ignoran la estructura ontológica del derecho y son, en su unilateralidad, científicamente indefendibles.
Para Kaufmann la mejor manera de captar la esencia del positivismo jurídico desde el punto de vista ontológico es tomar como punto de partida la formula existencial de Jean Paul Sartre: L’existence précede L’essence.  Para el filósofo francés juzga que en el caso del hombre la existencia es y tiene que ser, anterior a la esencia, porque la esencia de este no existe a priori. 

Prosigue que el positivismo jurídico y el de la doctrina idealista del derecho natural contienen parte de la verdad, pero no aciertan con la estructura, ontológica de lo jurídico, porque confunden un aspecto del derecho con la totalidad de este. El propósito de Kaufmann es la de superar la antítesis entre derecho natural y positivismo jurídico, situación que analiza en un ensayo critico el autor concluye que las dificultades resurgen cuando un precepto formalmente valido carece de sentir de quienes deben cumplirlo, de validez intrínseca, pues los órganos estatales no pueden sacrificar el criterio oficial de validez en aras de un criterio distinto, no reconocido por la norma básica del orden en vigor.






[1] Jurista y filósofo del Derecho, nació en la Ciudad de México el 11 de Enero de 1908, profesor emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México.


[2] Localización: Novena Época, Instancia: Tribunales Colegiados de Circuito, Fuente: Semanario Judicial de la Federación y su Gaceta, XIII, Junio de 2006, Página: 1147, Tesis: I.7o.C.71 C, Tesis Aislada, Materia(s): Civil.